El paso del tiempo Maria del Carmen Ramírez. ECA junio de 2008

Texto para catálogo exposición María del Carmen Ramírez- ECA_ MZA:Publicado 2008



Uno, dos cincuenta,…

Creemos que somos substancia y por ello perduramos, eso nos acredita a  basarnos en algún principio de identidad. Presuponemos que nos movemos en un movimiento rectilíneo y uniforme lo que nos lleva a sentir el tiempo como mera sucesividad, pero nos encontramos en el camino con representaciones imaginarias llenas de intuiciones mezcladas con la  experiencia directa. Una ruptura que abre un nuevo campo para pensar la noción de tiempo. De eso se trata ésta exhibición.



De la realidad tal cual es al objeto extraído directamente de ella hay una línea de trabajo directa en las artes visuales. El sujeto se ausenta del objeto, su inscripción en él está dada precisamente en su negativa a enmarcarlo. Este es el espacio que Maria del Carmen Ramírez discute entre tradiciones y renovaciones de su propuesta a  partir de la dialéctica esencial y existencial de sus objetos.
Es una operación compleja donde mentalidad y sensorialidad se alternan miméticamente. Un trabajo que conjuga los elementos en una apuesta al espacio en que están insertos y al tiempo en que transcurren y son fabricados. Lo invisible, lo inasible del espacio que las formas hechas espesor generan, rinde culto a la apariencia, jugando con ella, manipulándola a través de una sobre-exposición temporal.
En estas construcciones el concepto, ese asunto que trata de la suma de razón y experiencia, precede al sentimiento, se hace parte esencial de su lógica y su sabiduría perceptual. Es allí donde lo esencial es no decir  diciendo, en el blanco, pero también en la tela cruda, sin aditamentos, y también  en el cuadrado y sus repeticiones o sea en la geometría abstracta de la forma.
Los objetos del mundo material, sirven como evocaciones de una anterioridad trascendental en sí misma, no tienen existencia, pero en el espacio y el tiempo se hacen pertenecer a la realidad, sólo como parte de la mente, como intuiciones con las que las percepciones son medidas y valoradas.
 Es en la aguja, el alfiler, el hilo, de su anterior producción, que se abre al mundo de las costumbres y los ritos y también al de las contradicciones de los usos y las tradiciones, de lo duro y lo blando, de la opacidad y la brillantez.       
En este caso los objetos ya no consisten más que en el deseo mismo de desarrollar en términos artísticos un pensamiento, una idea, una inquietud. Un discurso  sobre el transcurrir en el vacío, a partir de la cosa desplazada a asunto. Una experiencia de corte, ruptura del equilibrio estático y aprehensión de una superficie,  que pone en contacto con la cicatriz que hay en todo acontecer, esa incisión que responde al trauma de la existencia.

Visión simbólica de la condición humana, de ciertos poderes a los que, alternativamente, el hombre se enfrenta o se consagra. En esa cotidianeidad se sumerge la exaltación al vacío y también a la dialéctica de su plenitud.
 La subversión del sentido produce una reversión del tiempo: lo inconmensurable que ahora es medido. Ella, hace de la no-técnica: su poética: las cosas son tratadas como meros signos de sí mismo, desde la contundencia que sugiere su uso, su modo de transcurrir. El asunto de la pobreza, la simplicidad y la irregularidad es un asunto sobre los objetos como portadores imperfectos y frágiles que se hablan a sí mismo con el lenguaje del otro.
Es que en el acto de presentar cosa se no se demuestra, sino que se muestra la innegable mítica de los objetos y el paso a la objetualidad implica, tratar las relaciones del ser humano con las producciones artísticas, en tanto cosas cotidianas, a las que se extrajo su “ser arte”, y sólo se disponen desde el mismo sistema del arte, para utilizarlo como plataforma de visibilidad, como instrumento, como retórica de una cotidianeidad que de otra manera pasaría inadvertida. El objeto promueve la imposibilidad de la obra, pero a  su vez el objeto se torna imposible. La materialidad se sustrae a todo poder de representación y también de presentación, en un ver activo del espectador y ver pasivo de la obra que se exhibe insistentemente, apropiándose de lo corpóreo para decir de lo in-narrable.
María Forcada



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